En medio de las guerras, la peste y las traiciones políticas, el que fue el hombre más poderoso del mundo occidental eligió no huir hacia un paisaje paradisíaco, sino refugiarse en su conciencia. Un recorrido por la trastienda de una de las máximas más célebres de sus “Meditaciones”
Marco Aurelio, emperador romano: “Los hombres buscan retiros en el campo, en la costa y en los montes, pero en ninguna parte hay más tranquilidad y más calma que en la propia alma” (Metropolitan Museum of Art, Nueva York.)
Corren los años finales del siglo II después de Cristo. Las fronteras del Imperio romano crujen bajo la presión de las tribus germánicas a lo largo del Danubio. Para colmo de males, la peste antonina diezma a la población y la economía tambalea. En la tienda de campaña de un campamento militar en Carnuntum —en la actual Austria—, un hombre maduro, cansado y enfermo escribe a la luz de una vela. No redacta un decreto imperial, ni una crónica de guerra, ni una carta para el Senado de Roma. Escribe para sí mismo.
Ese hombre es Marco Aurelio, el “emperador filósofo”, y esas notas íntimas, redactadas originalmente en un griego helenístico, siglos después se publicaron bajo el título de Meditaciones. Allí se lee: “Los hombres buscan retiros en el campo, en la costa y en los montes. Tú también sueles anhelar tales cosas. Pero todo eso es de lo más vulgar, porque te es posible, a la hora que quieras, retirarte en ti mismo. En ninguna parte se retira el hombre con más tranquilidad y más calma que en su propia alma”.
A simple vista, las palabras de Marco Aurelio parecen un ataque directo al turismo o al deseo tan humano de “desconectarse” de la rutina, de salirse de las responsabilidades, de tomarse vacaciones. Sin embargo, el análisis es mucho más profundo. El emperador utiliza el contraste entre los retiros físicos (la costa, las montañas, las fincas rústicas de la aristocracia romana) y el retiro espiritual para plantear una tesis psicológica radical: el cambio de paisaje es una ilusión si no cambia el paisaje interior.
Para el estoicismo, la corriente filosófica que abrazó desde su juventud gracias a maestros como Junio Rústico, la mente es una ciudadela. Si esa ciudadela está en llamas debido a la ansiedad, la ambición, el miedo o el rencor, dar un paseo por la playa no apagará el incendio. La tranquilidad no se conquista acumulando millas de viaje, sino ordenando los juicios internos. Para Marco Aurelio, el alma es el único territorio donde el ser humano es verdaderamente soberano y libre de las perturbaciones externas.
Las «Meditaciones» de Marco Aurelio fueron originalmente redactadas en griego entre los años 170 y 180. La obra, en doce tomos, es única en su género, y parece recorrer los últimos años de la vida interior de este emperador
Las Meditaciones —que en su época no tenían título y que la historia rescató casi de milagro— no fueron escritas desde la comodidad de un palacio de mármol en Roma. Fueron el analgésico mental de un gobernante acorralado por las responsabilidades del Estado, la pérdida de varios de sus hijos y la traición de generales cercanos como Avidio Casio. El libro es, en realidad, un manual de ejercicios espirituales. Marco Aurelio escribía para recordarse cómo ser un buen hombre en un mundo hostil.
Cuando se dice a sí mismo que deje de anhelar retiros en el campo o en la costa, se está retando. Como emperador, podía ordenar que lo llevaran a la villa más lujosa de la Campania en cualquier momento; pero sabía que el peso de gobernar a millones de personas viajaría con él en el carruaje. Las Meditaciones de Marco Aurelio alteraron el curso de la literatura de introspección. Sin este antecedente, difícilmente habrían existido las Confesiones de San Agustín o los Ensayos de Michel de Montaigne.
De algún modo, las Meditaciones humanizan al poder absoluto. Nos muestra a la figura pública más relevante de su era lidiando con las mismas crisis existenciales que sufre un ciudadano común del siglo XXI: el miedo a la muerte, la dificultad para tratar con personas difíciles y la búsqueda obsesiva de un propósito. A lo largo de los siglos, el impacto de este texto ha sido inabarcable. Políticos como Nelson Mandela y filósofos como Gottfried Leibniz o John Stuart Mill quedaron fascinados por su ética.
Si hubiera que elegir una idea que resuma las Meditaciones, la frase sobre el retiro interior es perfecta. El estoicismo se basa en esta distinción: hay cosas que dependen de nosotros (nuestros pensamientos, valores y acciones) y cosas que no dependen de nosotros (el clima, la economía, las opiniones de los demás, las enfermedades). La frase de Marco Aurelio sintetiza la dicotomía y nos recuerda que la verdadera calma no es un lugar al que se viaja; es un estado de la mente al que se regresa.
Fue precisamente en el frente de batalla, entre el barro y las tiendas de campaña, donde redactó su única obra sobreviviente y obra cumbre del estoicismo: el diario íntimo conocido hoy como Meditaciones. Debilitado por los años de campañas militares y afectado severamente por una enfermedad infecciosa, falleció en marzo del año 180 d.C. en la ciudad fortificada de Vindobona, en la actual Viena, dejando tras de sí un legado imperecedero de templanza, introspección y rectitud moral.